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jueves, 17 de mayo de 2012
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El alucinado que mordió la manzana

Quienes forjaron la leyenda del “sueño americano” quizá lo que hicieron fue anticipar la vida y milagros profesionales de Steven Paul Jobs (California, 1955- 2011), creador de una marca que hoy identifica una posición social y es objeto de deseo de millones de personas en todo el mundo: Apple.

En la peripecia vital de este gurú de la informática se concitan todos los ingredientes: juventud, ambición, éxito repentino; cese, vuelta a la cima y consagración. Su infancia –hasta el fin de sus días el pasado 5 de octubre– transcurrió muy cerca de Silicon Valley, la Meca de la informática, un sector por el que se interesaría desde que, a los 12 años, contemplara su primera computadora en un club donde ingenieros de Hewlett- Packard mostraban sus últimos productos. Tiempo después, los padres de aquel joven inquieto cumplirían la promesa que en su día hicieron a su madre biológica, y Steve Jobs ingresaría en la Universidad Reed College de Portland. Sin embargo, a los seis meses abandonaría los estudios, convencido de que aquel no era su camino, pese a lo cual decidió permanecer 18 meses más, guiado por su instinto y su curiosidad, asistiendo como oyente solo a aquellas clases que le parecían interesantes. Mientras decidía su rumbo, viaja a la India en busca de inspiración espiritual y, de vuelta en California, consigue un trabajo en la compañía de videojuegos Atari.

Por aquel entonces, Steve Wozniak, un antiguo compañero, le explica su idea de construir un pequeño ordenador doméstico y capta de inmediato su interés. Como no podía ser de otra forma, el garaje de los padres de Jobs se convierte en el improvisado taller donde surgiría Apple Computer Company. Acababa de cumplir 20 años y meses después ambos lanzarían el Apple I, una computadora dirigida a usuarios sin nociones de informática.

Menos de una década después, la compañía contaba con 4.000 trabajadores y valía unos 2.000 millones de dólares. Para llevar las riendas de lo que se estaba convirtiendo en un gigante tecnológico –especialmente tras los lanzamientos de Apple II y de Macintosh, el primer ordenador personal con interfaz gráfica de usuario, que incluía innovaciones como el sistema de ventanas o el uso del ratón– se fichó al máximo ejecutivo de Pepsi-Cola, John Sculley, pero los resultados no fueron los esperados. A esto hubo que añadir las desavenencias entre Sculley y los fundadores, que acabaron en 1985 con la salida de la compañía del propio Steve Jobs –su socio Wozniak sufriría años antes un accidente de avión del que se recuperaría, pero nunca regresaría ya a Apple–.

El resurgir del ‘Ave Fénix’

“Mi vida se había esfumado. Fue devastador”, llegaría a decir. Mas el ímpetu emprendedor de este joven de 30 años y, según su propia confesión, “el amor por lo que hacía” le abrirían las puertas para afrontar uno de sus periodos más creativos. Así, funda NeXT, que en principio ofrecía hardware, sistema operativo y software con una filosofía similar a la de Apple, aunque finalmente optaría por abandonar los soportes tangibles. Paradójicamente, NeXT sería adquirido en 1996 por Apple para actualizar su propio y obsoleto sistema.

Pero no fue éste el único camino que tomó Jobs. En 1986 compra Pixar (The Graphics Group) por 10 millones de dólares, una compañía especializada en la producción de gráficos por ordenador que, tras firmar una alianza con Walt Disney, se convertiría en la responsable del primer largometraje animado íntegramente por ordenador, Toy Story. Las siguientes películas situarían Pixar como uno de los grandes éxitos de la industria cinematográfica, tanto que en 2006 Disney anunciaba la compra de todas las acciones de la compañía por 7.400 millones de dólares, lo que dejaba a Steve Jobs como el mayor accionista individual de la Walt Disney Company, con un 7%.

La compra de NeXT por parte de Apple significó el regreso de Jobs a la empresa que fundara, una década después de su salida. Primero como asesor externo y luego como CEO, este empresario fue recuperando el control de una compañía en declive y a la que daría una segunda vuelta de tuerca, con acuerdos como los sellados con la Microsoft de Bill Gates –cuya rivalidad se instaló en la opinión pública pese a que equipos como el Apple II, creado a finales de los 70, ya contaba con software de Microsoft– para proporcionar una versión de Office para Mac, a cambio de una participación minoritaria en la empresa; o con el lanzamiento del iMac, un ordenador compacto y vanguardista que sirvió para enderezar el rumbo de la compañía.

Sin embargo, lo que iba a terminar por catapultar a la compañía de la “manzana” sería su obsesión por mejorar la calidad de los productos y su apuesta por nuevas líneas, cuya primera incursión sería iTunes Store, una tienda digital de música que en sus ocho años de vida ya ha vendido más de 15.000 millones de canciones. Dos años antes había lanzado el iPod, un dispositivo de audio que le pondría en liza para convertirse en referencia de la electrónica de consumo. Aún estaban por llegar los dos productos que, casi inmediatamente, se convirtieron en gadgets fetiche para los admiradores de la marca, el iPhone, del que el propio Jobs dijo “de vez en cuando aparece un producto revolucionario que lo cambia todo”, y la tableta iPad. De esta última se llegaron a vender dos millones en los primeros 60 días, mientras que ya rondan los 100 millones de terminales vendidos del célebre teléfono inteligente de Apple, que acaba de lanzar su nueva versión y que ha servido de soporte a los 15.000 millones de descargas de su App Store, su tienda online de descargas.

La marca del ‘fanatismo’

La legión de fans que arrastran los productos Apple, la marca que atesora mayor índice de fidelidad y repetición de compra del sector, ha convertido cada nuevo lanzamiento en un fenómeno comercial que trasciende la industria tecnológica –un experto del sector como Guy Kawasaki la llegó a denominar “la marca del fanatismo”–. Una marea de clientes acampan horas antes de cada inauguración de una Apple Store en cualquier parte del mundo, e incluso uno de sus primeros directivos llegó a decir: “La gente habla de tecnología, pero ésta es una empresa de márketing. La empresa de márketing de la década”. Este verano Apple se convertía en la mayor empresa por capitalización en el mundo. En lo personal, los últimos años de Steve Jobs, hasta su trágico desenlace, han estado marcados por sus graves problemas de salud.

En 2004 se le diagnosticó un cáncer de páncreas; en 2009 abandonó temporalmente la compañía debido a un empeoramiento de su estado, que venció tras someterse a un transplante de hígado. Finalmente, el pasado agosto anunciaba que dejaba su puesto como CEO debido a su enfermedad. La Bolsa entendió que esa despedida sería la definitiva y, horas después de la noticia, las acciones de Apple caían un 5%. El día de su fallecimiento, su web señalaba: “Apple ha perdido a un genio visionario y creativo y el mundo ha perdido a un asombroso ser humano”. Un gurú que transformó nuestra vida diaria estableciendo una nueva relación con la tecnología y que, tras su regreso a Apple, pronunció unas palabras en la Universidad de Stanford, que hoy cobran mayor sentido: “La muerte es el gran agente del cambio. Es, probablemente el mejor invento de la vida”. Palabra de uno de los grandes inventores de la década, del que fue, para muchos el “Edison” contemporáneo.

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