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Tener carácter emprendedor no basta para que una enseña obtenga un crecimiento arrollador e incremente su volumen de negocio a una velocidad vertiginosa. Se trata de un proceso más pausado que exige al frente de una empresa a una persona con liderazgo que conduzca su franquicia a una dimensión competitiva, dentro de un mercado actual cada vez más limitado a los que saben liderar en el mercado empresarial.
Siendo realistas, hay que saber que este entorno competitivo demanda cada vez más cambios, en los últimos años a una velocidad mucho mayor. Por ello, hay que plantearse la necesidad de gestionar las empresas de forma muy distinta a cómo se hacía unas décadas atrás. Actuar de manera contraria significaría estancamiento y desfase, es decir, una pérdida de rendimiento absoluto que no conduciría más que al fracaso. La clave está en la transformación continua, adaptándose a los tiempos, que obliga a que la persona emprendedora muestre una constante “ebullición” de ideas y proyectos, materializados posteriormente.
Así, obtener el máximo nivel de eficacia es indispensable para la consecución de los objetivos profesionales de todos y cada uno de los miembros integrantes de una empresa. En este punto está la base de la diferenciación entre las empresas altamente competitivas y las que no lo son. En el primer caso, el de las empresas competitivas, alcanzarán los resultados que alcancen las personas que la componen, independientemente de su posición en ella.
En la misma línea, es evidente que ser competitivos para conseguir el máximo rendimiento de una empresa sólo se alcanza a través de un liderazgo pleno, cuya clave se encuentra hoy en día en la innovación. Pero, ¿cómo hacerse con ella? Esto es un dilema, ya que las herramientas y estrategias varían constantemente.
Otra variable interesante son los recursos humanos, por lo que hay que intentar conseguir un equipo humano motivado y con ganas de demostrar su creatividad, innovación y deseos de arriesgar, entendido como el espíritu emprendedor, con el fin último de crear valor y competitividad.
De este capital humano destaca especialmente la necesidad que tienen las compañías de que el rol del jefe evolucione hacia el de “facilitador”. Esta nueva concepción, orientada a resultados aunque también a personas, está mucho más acorde con las organizaciones que apuestan por el trabajo en equipo y, paralelamente, a las relaciones interpersonales que propician un trato cercano y cálido entre los miembros del equipo dirigido por este “facilitador”.
La capacidad de anticiparse o predecir en cierta medida lo que va a suceder en el futuro es una ventaja impagable que permitirá crecer a una empresa continuamente. Más que de adaptación a los cambios, que también es indispensable para encontrar un nicho de mercado atractivo, hay que reseñar la importancia de adelantarse a los tiempos para ir abriendo camino de forma sólida y segura.
Hoy en día hay que tener en cuenta la innovación empresarial que, acompañado de una renovación constante desembocará en un éxito prácticamente predecible. Ello se resume en el talento del emprendedor y la renovación de la que hablamos, con la toma de nuevos proyectos. Esto no descarta cierto riesgo que hay que asumir a la hora de tomar la iniciativa e imbuirse en los nuevos retos, pero ya se sabe que “el que no arriesga no gana”. El riesgo es algo que lleva consigo el empresario, tan sólo hay que aceptarlo como tal y focalizar los esfuerzos en la seguridad del saber hacer de una enseña.
Pero hay que tener presente que no conseguir un éxito inmediato no significa hundirte irremediablemente en el ocaso empresarial. Dar a luz un proyecto puede que, por cualquier hecho circunstancial, no se traduzca siempre en el éxito definitivo. Visto objetivamente, puede entenderse como un acto de valentía y capacidad de haber asumido un riesgo, lo que se traduce de inmediato en acumulación de nuevas experiencias en el mundo de las empresas. Verlo de esta manera significa avanzar un paso adelante en la consecución al objetivo de cualquier líder: triunfar.
En definitiva, los líderes deben tener muy claro qué papel tienen que desarrollar en su empresa y ser conscientes de su espíritu emprendedor y capacidad de riesgo. El líder no necesita que se le diga qué tiene que hacer; además, arriesga y se renueva constantemente. La transformación de los ejecutivos en líderes es el camino para obtener la recompensa del éxito.
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